
La Guajira colombiana es desierto y frontera. A un lado el ancho mar caribe del otro la misteriosa Venezuela.
Uribia y Maicao no lindan con el mar. Son Guajira de tierra adentro. Son puntos en el paso, nudos del camino. Junto a otras ciudades -más pequeñas aún- constituyen el espacio privilegiado para la mercadería y la mercancía venezolana.
Ciudades mercado, ciudades laberinto y ciudades ring-side. Pequeños pueblos áridos, grandes capitales del falso estampillado. Estas son ciudades grieta, recodo y recóndito en el frágil tejido de la legalidad y la economía formal. Entre las grietas surgen seres, tendiendo a la vida, tentando necesidades en un océano de carencias.
Encotramos entre ellos a notables personajes de la fauna laboral autóctona:
- El llevador de cosas
El alba es su señal. Despierta y deja su cama rozada por una clara luz rosada. Los gallos se despabilan con el sonido de su carretilla por el pavimento ajado hace años por el mismo sol. Su vigilia inaugura otro día de mercado.
Su figura es el nexo, el medio, la vena del negocio de un pueblo. Todo trabajo es traslado, todo negocio un movimiento. Él es el movimiento. Un centauro en Uribia, una unidad de hombre y carro. La misma fuerza, ambos son tracción, ambos son lo que él es.
No aparta la vista de su camino, la carga es siempre distinta y es siempre carga. El truco de su labor está en sortear la multitud, trazar y proyectar maniobras inmediatas. Esquivar, rodear, acelerar, esperar cuando hay que esperar. La ciudad es oportunidad y obstáculo, el gentío es estorbo de su soledad encomendada, la meta descansa en un apretón de manos y una metálica recompensa.
A la hora del almuerzo lo invade la magia de las distancias. Hoy -se supo- transportó cajas inscritas en idiomas extraños, nombres de lo lejano y ajeno. Sabe que su ruta es una de cientas que ese producto sufre. Esa caja pudo haber nacido en Taiwan y ya conocer decenas de manos, el transporte por agua, por tierra y por aire. Temería comer un bocado del producto, eliminarlo, truncar su ruta, convertirse él, el llevador de cosas, en un punto final. Almuerza y piensa en las distancias. Siempre hay un punto distante, y otro desde aquel, aún otro más allá. Almuerza plátano y arroz.
El llevador de cosas abre el mercado y cierra la tarde.
- El siempre listo ambulante
De vigilia sólo está armado.
Desde que puede pensar y tiene memoria, sabe que el mundo es un lugar imperfecto. Él mismo, es un estandarte de la imperfección. Con un sólo ojo en su rostro asimétrico puede advertir un universo en desequilibrio. La vida retorciendo sus confines, las formas perdiéndose en la masa, el error, el imprevisto, la discusión.
Con un ojo atento vigila la calle del mercado, y bien sabe conversar. Sabe demostrar que nadie ha resuelto su día, que siempre existe el vacío, que la noche acecha y está cerca y que, casi siempre, mañana ya es muy tarde.
El universo irregular es su río revuelto. Él es la fuerza del uno: convierte el par en impar, el impar en par y el par en impar otra vez. Es el equilibrio su inerte desdicha; es lo estable -para él- la calma de la nada.
La vida se revela en un instante, cuando aflora una herida, él da un salto a la acción y emprende la tarea del reordenamiento, están sus manos sobre la baraja y larga una jugada. Ya tienen sus cartas, señores. La suerte ya jugó su parte, llega la intervención.
Hoy consiguió pasajeros para llenar 3 camionetas, cargó y descargó mercaderías, auxilió, reparó, suplantó, conversó. Vaya si conversó.
- El dueño del gran almacén
Bebidas frías para la autoridad siempre a la orden. El mentón altivo precede su figura, y su vientre prominente lucha por llegar aún más allá. Casi hasta el mostrador. Casi hasta el límite, de quien oferta y quien precisa. La frontera entre el todo y el vacío.
Como un Buda apático, fetichista y avaro ha construido para sí el don de la calma espera. Posee alimentos para miles, bebidas para sedientos y eso que buscan los adictos.
Tiene, guarda y espera. Su virtud es la posesión. Se sabe centro de las vistas y paso obligado del viajero. Damas y caballeros buscan arrimar sus encantos, sumisos ante su imperio de marcas importadas. Buscan acercarse a la abundancia, al poder del poseer.
Se le vió hoy por la tarde comer un pan de queso con el bigote y llenar de migas una botella de pepsi helada casi vaciada en tres sorbos. Se lo vio eructar por la nariz.
La música suena estruendosa en su local. No bajará el volumen.
- El vendedor de gasolina venezolana
Sus manos, su camisa y su lecho huelen a gasolina venezolana. El dinero, el que tiene y el que tendrá, huele a gasolina venezolana. Sus días huelen a gasolina venezolana.
Desde la mañana, en la que carga el tanque de su camioneta y parte junto a su primo a la frontera a conseguir algunos galones -muchos galones a muy buen precio para traerlos a la ciudad, a Colombia- hasta la noche, cuando el jabón y una ducha fría no logran más que mezclarse momentáneamente con su perfume combustible.
Todo aquello que roza con el bien de la propiedad adolece de su marca, el perfume de la gasolina corriente y la especial. Todas sus cosas, las especiales y las ordinarias, las iguales y las diversas se unen a su ser en una sola pestilencia.
Sólo lo ajeno huele distinto. Los ciclistas que pasan ya sin verle, el mercado atestado, la noche en el bar del pueblo, las muchachas, su mujer.
Es joven y trabaja pensando en seguir trabajando. Al borde del camino agita una manguera, al borde del camino, cada 100 metros, los vendedores de gasolina, agitan sus mangueras. Él la agita para alejarse del paisaje y ser parte de los demás, ser un vendedor de gasolina.
La manguera zumba: hay ocasión! hay negocio! pare, huela y verá! hay gasolina venezolana!
- El vendedor de jugo de sandía
Alguna vez intentó el trabajo en equipo. Esa y una otra vez no funcionó.
Se decidió a emprender su trabajo particular. Nada de remuneraciones ni discusiones, no más enredos ni decisiones.
Compró a su vecino un carro ya adecuado, con ruedas firmes y una pecera grande encima. Le hizo un buen precio y sin costo lo instruyó en la tarea. Así le habló:
"El jugo de sandía es refrescante y se toma a toda hora. Deberás construir en el pueblo amistades sólidas que puedan aprovisionarte de hielo en cualquier momento del día. No retires las semillas, ellas son un distintivo. Revuelve siempre el jugo con ésta cuchara y nunca, pero nunca, le agregues azúcar."
Desde aquel día atraviesa la ciudad inmerso en su labor de sabores, alejado del frenético afán de los demás trabajadores de Uribia.
Descubrió que siempre el jugo de sandía se termina cuando cae el sol y que ya no debe preocuparse por volver a casa sin monedas en los bolsillos.
Descubrió también que la gente cierra los ojos al tomar el primer sorbo - y notó que es siempre el más largo- y que luego de tragar los hombres dejan caer los hombros y miran en derredor extrañados por un instante. Si quien bebe se queda a su lado a terminar el vaso, pues él lo acompañará tomando también un poco - en su vaso que no es descartable -, sin buscar complicidad, conversación ni halago: la sandía es sandía, nadie la prepara bien o mal. Y es virtud del hielo la de siempre estar fresco. Beben y en silencio dialogan, son dos bocas que saborean lo mismo por un instante. Él sabe que le dio al otro una pausa y que de su trabajo brota dulce la paz. El dinero le alcanza, su labor reconforta y sus días huelen a fruta roja, a vida, a su Colombia tupida, calurosa y tropical.
Duerme en hamaca y sueña largo y profundo, sus sueños huelen a fruta. No le gusta bañarse sino en la mañana, antes de cortar y hacer jugo de 10 sandías.
3 comentarios:
Beautiful, Juano.
Qué ojo.
Ojalá postee de nuevo pronto.
Besote.
Estos son los tiempos de reunirse y hacer un asado.
"Y Kiki vio que era bueno..."
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