En un gesto desprendido de toda duda, mientras revisaba en un paneo el verde paisaje que es su casa y su obra, me dijo: 'Colombia es el país más feliz del mundo, porque sabe olvidar rápido'.*
Días antes de recibir esta gracia, había caminado las calles de Medellín. Ahora puedo describir eso que mis ojos vieron.
Medellín, Medallo, fue una vez conocido como el Metrallo.
Los Paisas, su gente, veneran a su tierra tanto como a su virgen, esa que alguna vez acompañó a los sicarios en el interminable afán por el fuego y desprecio por la otredad.
Medellín hoy es de nuevo el Medallo. Y construye a base de cemento y luz su nueva ciudad hecha para el olvido. Encierran y encandilan la memoria en raptos monumentalistas que hacen de la vida un mero acontecimiento actual.
La vista se orienta al horizonte irregular y curvo de este valle. La ciudad descansa en el filoso fondo de amplios cerros que la rodean y enmarcan. El verde de las laderas se funde con millones de formas de ladrillo que avanzan hacia la cima, construyendo las gradas de un espectáculo urbano desquiciado, donde el rol de espectador y actor se encuentran en cada rostro medellinense. Esta es la tierra del medallo, la de sus hombres de sonrisa fácil y poco contagiosa.
Los cielos de medellín, en cambio, tienen otros dueños y otros personajes.
Buitres, vírgenes y muertos sobrevuelan la ciudad en silencio. Sus miradas recorren las espaldas de los hombres, que voltean su rostro y esconden sus pupilas.
Fernando Vallejo me había hablado sobre los gallinazos, los buitres que habitan los aires de la ciudad en un pasmoso vuelo cargado de una memoria de años apetitosos, cuando por las calles corría la sangre endulzada por el odio y la insensatez, ese brevaje sagrado en aquellos días de oro. Planean, revisan, merodean buscando el fuego que les indique el sitio del nuevo alimento, los restos de seres, esos que brotaban cada día y noche, siempre frescos y dispuestos a ser devorados, a ser paseados por los cielos en vientres de gallinazo, sin otra esperanza, sin otro motivo, sin otro gesto que el del espanto. Eran días en que la sangre huía de los cuerpos, hacia el reino de lo animal, el reino voraz de sicarios y gallinazos, donde la muerte era oportunidad, recompensa y alimento.
Los buitres añoran esos ojos vacíos, esas manos sin tacto, aquellos pies sin prisa. Esos cuerpos que tanto se parecen a las vírgenes de yeso.
Ellas se mantienen en lo inconmovible de sus ojos esculpidos. Sus miradas miran sin ver, y cargan con la culpa de haber estado y no haber sido sino parte, fundamento y cobija del desprecio y el horror. Pero siguen de pie, en sus pórticos y terrazas, en las cúpulas y los tejados, como un signo de la brutal responsabilidad de los hombres frente a la impotencia de sus dioses que no pudieron mover montañas, unir un valle, calmar una sed.
Los muertos no retumban en sus tumbas, no resuenan por las calles. El cementerio se rodea de ruido, árboles y vendedores de fruta que aplastan sus lamentos. La vida es de hoy, los días deben ocurrir, el tiempo es de quienes lo viven.
Los muertos vigilan, los buitres sobrevuelan y las vírgenes se apostan, sin recibir la atención de sus paisas. Son paisaje, sinsentido e historia olvidada. Son testigos y mendigos de estos nuevos aires llenos de la dicha del olvido. Hoy el Medallo borra sus días de Metrallo y se construye contra sus memorias y luce desvergonzadas gordas de botero, humeantes chorizos callejeros y enormes edificios espejados. Medellín se sirve ron y café y diluye así la sangre de sus calles, trago a trago, sorbo a sorbo. Los paisas se buscan, se miran a su altura, desprecian los cielos de dioses mezquinos y el mágico vuelo en vientres de buitres. Se buscan de frente, de día y de cara, y el fondo es el horizonte irregular, imprevisible e intervenido de sus cerros, las murallas de esa realidad borrada, sepultada y olvidada.
El espectáculo no puede dejar de continuar.
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*Posdata del 1 de junio:
Sandro, un hermano italiano, grabó en video la frase del campesino Seider. Se encuentra dentro de este video de su autoría: Trippin' Colombia
2 comentarios:
Tus reflexiones me recuerdan a la frase del glamoroso poeta argentino Adrian Dárgelos: lo importante es olvidar...
Eppur si muove!
Este blog tiene que sobrevivir.
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